Rodolfo Nieto: El Alma de la Tradición y el Sueño Surrealista
Rodolfo Nieto Labastida fue un pintor mexicano fundamental de la Escuela Oaxaqueña, un artista que no solo fue aprendiz de Diego Rivera, sino que más tarde le sirvió como asistente, tejiendo su destino con las grandes figuras del muralismo.Nieto nació en el corazón de Oaxaca el 13 de julio de 1936. Su historia personal estuvo marcada por la misteriosa desaparición de su padre, Rodolfo Nieto Gris, un epidemiólogo médico que abandonó el hogar alrededor de 1949. Tras este suceso, la familia cayó en la precariedad; su madre, Josefina Labastida de Nieto, dedicada al hogar y a la costura, se trasladó a la Ciudad de México junto a Rodolfo y su hermano menor, Carlos Nieto, un poeta cuya vida terminaría trágicamente asesinada debido a sus vínculos políticos. Durante su infancia en la escuela pública, el destino de Rodolfo dio un giro inesperado cuando el profesor de arte y bailarín Santos Balmori, actuando en nombre del gobierno mexicano, realizó audiciones para el ballet folklórico. Al ver el talento del joven, Balmori le preguntó si poseía alguna otra habilidad; Rodolfo, con la sencillez de su genio, esbozó un gato. Impresionado por aquel trazo, el profesor lo invitó a participar en la escenografía del grupo folklórico y, más tarde, fue quien lo alentó a iniciar sus estudios formales en 1954 en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado "La Esmeralda", donde bajo la tutela de Carlos Orozco Romero y el encuentro con Juan Soriano, descubrió los tesoros de la pintura europea.
Buscando expandir sus horizontes creativos, Nieto partió hacia París a principios de la década de 1960. En la vibrante atmósfera parisina, forjó amistades con figuras legendarias como Julio Cortázar, Severo Toledo y José Bianco. Su paso por el Atelier 17 junto a Stanley William Hayter y su fascinación por la obra de Edvard Munch despertaron en él un profundo interés por el grabado en madera. Trabajando en talleres litográficos para editoriales alemanas, Nieto comenzó un proceso de introspección artística: lejos de sus raíces, empezó a reimaginar el arte popular de su natal Oaxaca. Su mirada se centró en los alebrijes, esas criaturas de madera tallada y colores intensos, fusionándolos con la narrativa de las tiras cómicas de Tarzán de Burne Hogarth que marcaron su infancia. El artista confesó: “A Burne Hogarth dedico, en memoria de las historias de Tarzán de mi infancia, la serie de animales que dibujé mientras estaba en Suiza, así como las xilografías que creé en Múnich y París”. Con una destreza mental asombrosa, Nieto desarticuló la estructura de los alebrijes para reconstruirlos con el asombro y la fantasía de sus recuerdos infantiles, dando origen a su célebre serie Bestiario y consolidando un estilo que hoy es pilar de la Escuela Oaxaqueña. Su éxito internacional fue rotundo, obteniendo el Premio Bienal de París en 1963 y nuevamente en 1968, además de ilustrar el “Manual de zoología fantástica” de Jorge Luis Borges y ganar premios en Caen y Menton. Sin embargo, en 1972, un llamado ancestral lo trajo de vuelta a México, impulsado por la presencia de los espíritus indígenas conocidos como "nahuales".
A pesar de su prestigio en Europa, el regreso a México fue una lucha constante contra la indiferencia de la crítica local. Aunque logró exponer en el Museo de Arte Moderno en 1973, la falta de reconocimiento serio por parte de los críticos mexicanos le causó un profundo dolor emocional. En este periodo de turbulencia conoció a su esposa, la pintora Nancy Glenn-Nieto, durante la inauguración del Polyforum Cultural Siqueiros. Tras un encuentro fortuito en casa de Siqueiros, la pareja contrajo matrimonio y formó una unión indisoluble con el arte. Juntos, trabajaban incansablemente desde el amanecer hasta altas horas de la noche; Nancy era su compañera en el lienzo, ayudándole a preparar las telas y trazar las líneas maestras para que Rodolfo culminara la obra. Sin embargo, la presión de un país que parecía no estar listo para su propuesta artística sumió a Nieto en una profunda depresión. El agotamiento y la melancolía comenzaron a alterar su realidad; sus sueños se volvieron erráticos y su mente empezó a habitar otros planos. En un acto de resistencia espiritual, recurrió a la tradición mexicana de reírse de la muerte, pintando calaveras que, siguiendo su técnica característica, eran elementos desarmados y reensamblados bajo una nueva percepción. Su vida llegó a su fin el 24 de junio de 1985, dejando como última promesa a Nancy: “Guarda mis pinturas. Algún día serán muy valiosas”. Hoy, ese legado perdura no solo en las galerías, sino en la pincelada de Nancy, quien continúa honrando el estilo de Rodolfo Nieto.
En 1995, el Museo Marco en Monterrey rindió un tributo al artista para reevaluar y celebrar la magnitud de su obra.
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