Elige un estado de ánimo y la propia sala te responderá: la luz se enfría o se calienta, el aire cambia su ritmo y solo las obras que evocan ese sentimiento emergen de la oscuridad. Todo lo demás retrocede hacia la sombra.
El espíritu del romántico ecuestre Alfred de Dreux, nacido como Pierre-Alfred Dedreux, fue mucho más que un simple cronista de caballos; fue el poeta de la montura del siglo XIX. Surgido del vibrante corazón de París en 1810, su vida y su arte estuvieron inextricablemente ligados a la gracia, el poder y la nobleza de la forma equina. Contemplar un lienzo de de Dreux es adentrarse en una era de Romanticismo, donde la intensidad emocional
se encuentra con una profunda fascinación por el mundo natural. Su obra no se limita a representar animales; captura un sentido palpable de movimiento y una cierta grandeza aristocrática que definió el paisaje social francés de su tiempo. Su maestría residía en su capacidad para fusionar el realismo impresionista con el dramatismo característico de su época. Ya fuera capturando la serena dignidad de un retrato o la energía atronadora…