Una vida entre el lienzo y las trincheras
Robert Allan Barr comenzó su carrera con un impulso sereno. Antes de cumplir los veintidós años, sus retratos ya habían logrado abrirse paso en las prestigiosas salas de la Royal Academy, el Salón de París y el Museo Victoria y Alberto. Se desplazaba por el mundo del arte con una presencia constante, exhibiendo su obra junto a la Royal Society of Oil Painters, mucho antes de que el paisaje de su propia vida cambiara de forma irrevocable.
El estallido de la Primera Guerra Mundial lo arrancó de su estudio para entregarlo al servicio del ejército británico. Sirvió como cadete en los Artists’ Rifles y, más tarde, alcanzó el rango de teniente en el 1/1st Monmouthshire Regiment. Su estancia en Francia lo llevó al frente de Ypres, cerca de Poperinghe, donde experimentó la cruda realidad de los ataques con gas. Durante este periodo, su mirada se dirigió a menudo hacia el terreno mismo; su oficial al mando le encomendó en una ocasión la tarea de avanzar por las trincheras para cartografiar la línea del frente, un deber que le exigió navegar entre el bombardeo y el lodo de la zona de guerra.
Movimiento y nuevos comienzos
Al finalizar la guerra, Barr regresó a Inglaterra en marzo de 1919. Buscó retomar su pasión original por la pintura de retrato, encontrando el camino de vuelta al caballete tras años de deber militar. En noviembre de 1921, contrajo matrimonio con Margaret Seccombe. Al año siguiente, comenzó un nuevo capítulo cuando emigró a Canadá.
La vida en Canadá le brindó un escenario diferente tanto para su familia como para su obra. Junto a Margaret, crió a cuatro hijos: Thomas James, Margaret Elizabeth, Christopher John y Robert Allan. Sus años finales estuvieron marcados por esta vida establecida en un nuevo país, lejos de las trincheras de Francia, aunque el recuerdo de la guerra permaneció siempre como una parte intrínseca de su historia.